"En un lugar no muy lejano, sino cercano hay una Wawaqutu, que teje historias con palabras fértiles, con pulsiones suaves. Un remedio capaz de reparar y recuperar cualquier ilusión perdida. Prepárate para descubrir lo inesperado en tu corazón. Presta atención y escucha con el oído del alma… Había una vez...”
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miércoles, 16 de febrero de 2011

EL AMIGO FIEL

De Oscar Wilde.

Una mañana, la vieja rata de agua sacó la cabeza por su agujero. Tenía unos ojillos redondos y brillantes y unos poblados bigotes grises, y su cola parecía una larga goma negra. Unos pequeños patos nadaban en el estanque y parecían una bandada de canarios amarillos, y su madre, que era de un blanco purísimo, con patas de rojo vivo, intentaba enseñarles cómo había que meter la cabeza en el agua.


–Nunca podréis ser de la buena sociedad si no sabéis hundir la cabeza –les decía.

Y les volvía a enseñar cómo se hacía. Pero los patitos no ponían atención. Eran tan jóvenes que no conocían las ventajas de formar parte de la buena sociedad.


–¡Qué niños tan desobedientes! –exclamó la vieja rata de agua–. En verdad que merecían ahogarse.


–Nada de eso –contestó la pata–; todo tiene su principio y los padres tienen que ser pacientes.


–¡Ah! Yo no sé nada de los sentimientos de los padres –dijo la rata de agua–. No tengo familia. En resumen, nunca he estado casada ni he intentado estarlo. El amor está muy bien, pero la amistad es algo mucho más elevado. Realmente, no sé que haya nada en el mundo más noble y más raro que una amistad fiel.


–Te ruego que me digas cuál es tu idea de los deberes de un amigo fiel –dijo un jilguero verde que estaba en un sauce y había escuchado la conversación.

–Sí, eso es precisamente lo que yo quiero saber –dijo la pata. Y se dirigió al extremo del estanque, introduciendo la cabeza en el agua para dar buen ejemplo a sus hijos.


–¡Qué pregunta más tonta! –exclamó la rata de agua–. Un amigo fiel es simplemente el que nos demuestra fidelidad, naturalmente.


–¿Y qué le darías tú a cambio? –preguntó el pajarillo, balanceándose en una rama plateada y agitando las alas.


–No te entiendo –contestó la rata de agua.


–Permíteme que te cuente una historia sobre el tema –dijo el jilguero.


–¿Es una historia referente a mí? –preguntó la rata de agua–. Si es así, la escucharé, porque me gustan mucho los cuentos.


–Es aplicable a ti –contestó el jilguero. Y bajó volando del árbol, se posó a la orilla del estanque y contó la historia del amigo fiel.


–"Érase una vez –dijo el jilguero– un hombre muy honrado llamado Hans.


¿Era una persona muy distinguida? –preguntó la rata de agua.


–No –contestó el jilguero–, no creo que se distinguiera por nada, excepto por su buen corazón y su cara redonda y alegre. Vivía en una pequeña casita y todos los días trabajaba en su jardín. En toda aquella parte del país no había un jardín tan bello como el suyo. Allí crecían alhelíes, claveles y rosas de Francia. Había rosas de Damasco, rosas amarillas, azafranes lilas y oro y violetas blancas y purpúreas. Las mejoranas, velloritas, agavanzos, narcisos y claveros se sucedían según los meses, y una flor sustituía a la otra, así que siempre había algo bello que mirar y algún agradable aroma que oler.


“El pequeño Hans tenía muchos amigos, pero el más fiel de todos era el obeso Hugo, el molinero. Realmente, tan fiel era el rico molinero con el pequeño Hans, que nunca atravesaba su jardín sin inclinarse sobre las plantas y recoger un gran ramo de flores o verduras, o llenar sus bolsillos de cerezas o ciruelas, si era la época de la fruta.
–Los verdaderos amigos deben compartirlo todo –solía decir el molinero–; y el pequeño Hans asentía sonriendo y se sentía muy orgulloso de tener un amigo con ideas tan nobles. Sin embargo, algunas veces los vecinos pensaban que era muy extraño que el rico molinero nunca le diera nada a cambio al pequeño Hans, aunque tenía cien sacos de harina almacenados en su molino, seis vacas lecheras y un gran rebaño de ovejas; pero Hans nunca se preocupó de estas cosas y nada le daba un placer tan grande como el escuchar todas las maravillosas palabras que el molinero acostumbraba decir sobre el desinterés de la amistad verdadera.”

Así, pues, el pequeño Hans trabajaba en su jardín. Durante la primavera, el verano y el otoño era muy feliz, pero cuando llegaba el invierno y no tenía ni flores para llevar al mercado, pasaba mucho frío y hambre y, frecuentemente, se iba a la cama sin haber cenado más que unas pasas secas y unas nueces duras. También en el invierno se encontraba solo, pues entonces el molinero nunca venía a verle.


–"No está bien que vaya a ver al pequeño Hans mientras haya nieve –solía decirle el molinero a su esposa–, porque cuando la gente tiene alguna preocupación les gusta estar solos y no tener visitas. Ésa, al menos, es mi idea de la amistad, y estoy seguro de que tengo razón. Así que esperaré a que llegue la primavera y entonces le haré una visita y él me dará una gran cesta de velloritas y le haré muy feliz.”


–Ciertamente eres muy atento con los demás –le contestaba su esposa, sentada al fuego en un gran sillón–; en verdad que eres muy atento. Es muy agradable oírte hablar de la amistad. Estoy segura de que ni el sacerdote podría decir las cosas que dices tú, aunque viva en una casa de tres pisos y lleve un anillo de oro en el dedo meñique.


–"Pero, ¿no podríamos invitar al pequeño Hans a que viniera aquí? –dijo el niño más joven del molinero–. Si el pobre Hans está necesitado yo le daré la mitad de mi comida y le enseñaré mis conejos blancos.”

–¡Qué tonto eres! –exclamó el molinero–. Realmente no sé qué utilidad tiene el enviarte a la escuela. Parece que no aprendes nada. Si el pequeño Hans viniese aquí y viera nuestro fuego, nuestra buena comida y nuestra gran cuba de vino tinto, podría estar envidioso y la envidia es la cosa más terrible y echa a perder el carácter de cualquiera. Y yo, desde luego, no permitiré que el carácter de Hans se eche a perder. Soy su mejor amigo y siempre velaré por él y procuraré que no caiga en ninguna tentación. Además, si Hans viniera aquí podría pedirme que le prestara un poco de harina, y eso no puedo hacerlo. La harina es una cosa y la amistad es otra, y ambas no deben confundirse. Las dos palabras se escriben diferente y significan cosas completamente diferentes. Todo el mundo sabe eso.


–"¡Qué bien hablas! –dijo la esposa del molinero, sirviéndose un gran vaso de cerveza caliente–. Estoy como inconsciente. Como si estuviera en la iglesia."

–Mucha gente obra bien –contestó el molinero–, pero muy pocos hablan bien, lo cual demuestra que hablar es mucho más difícil y más bello.
Y miró severamente por encima de la mesa a su hijo, el cual se sintió tan avergonzado que bajó la cabeza, se puso colorado y comenzó a llorar encima de su taza de té. Realmente era tan joven que podía perdonársele.


¿Éste es el final de la historia? –preguntó la rata de agua.


–Desde luego que no –contestó el jilguero–; éste es el principio.


–Entonces andas muy atrasado para esta época –dijo la rata de agua–. Todos los buenos cuentistas de nuestros días empiezan por el final y después continúan por el principio y acaban por la mitad. Ése es el nuevo método. Lo oí el otro día de labios de un crítico que paseaba alrededor del estanque con un joven. Hablaba del asunto con gran conocimiento, y estoy segura que debía estar en lo cierto, porque llevaba gafas azules y era calvo, y cuando el joven le hacía alguna observación siempre contestaba: “¡Psche!” Pero te ruego que sigas con tu historia. Me gusta mucho el molinero. Posee toda clase de bellos sentimientos; así, pues, tiene que existir entre ambos una gran simpatía.


–Bien –dijo el jilguero, saltando sobre una pata y después sobre la otra–, tan pronto como pasó el invierno y las velloritas comenzaron a abrir sus estrellas de color amarillo pálido, el molinero le dijo a su mujer que iba a ver al pequeño Hans.


–"¡Qué buen corazón tienes! –exclamó ella–. Siempre estás pensando en los demás. Acuérdate de llevar la cesta grande para traer las flores." Así, pues, el molinero ató las aspas del molino con una fuerte cadena de hierro y bajó por la colina con la cesta al brazo.


–Buenos días, pequeño Hans –dijo el molinero.

–Buenos días –dijo Hans, apoyándose en su azada y sonriendo de oreja a oreja.

–¿Cómo te ha ido durante el invierno? –dijo el molinero.


–Bien, muy bien –exclamó Hans–. Es muy amable por tu parte el preguntármelo; muy amable, en verdad. Me temo que he tenido que pasar días duros, pero ahora ha llegado la primavera y soy completamente feliz, y todas mis flores están espléndidas.


–Muchas veces hablábamos de ti durante el invierno, Hans –dijo el molinero–, y nos preguntábamos qué tal estarías.

–Eres muy amable –dijo Hans–. Siempre temí que me hubieras olvidado.


–Hans, eso me sorprende –dijo el molinero–. La amistad nunca se olvida. Eso es lo más maravilloso de ella, pero me temo que tú no entiendes la poesía de la vida. ¡Qué bellas son tus velloritas!


–Ciertamente, son muy bellas –dijo Hans–, y tengo mucha suerte al poseer tantas. Voy a llevarlas al mercado y se las venderé a la hija del burgomaestre, y así podré volver a comprar con ese dinero mi carretilla.

–¿Volver a comprar tu carretilla? ¿Quieres decir que la has vendido? ¡Qué estupidez!

–Bueno, el hecho es –dijo Hans– que me vi obligado a hacerlo. Ya sabes que el invierno es muy malo para mí y que no tengo dinero para comprar pan. Así, pues, primero vendí los botones de plata de mi traje de los domingos, después vendí mi cadena de plata, después mi gran flauta y por último la carretilla. Pero ahora voy a comprarlo todo de nuevo.

–Hans –dijo el molinero–, yo te daré mi carretilla. No está en muy buen uso; en realidad, le falta un lado y tiene estropeados algunos radios; pero a pesar de eso te la daré. Sé que soy muy generoso y mucha gente pensará que hago una tontería, pero yo no soy como el resto del mundo. Creo que la generosidad es la esencia de la amistad, y además tengo una carretilla nueva. Sí, no tienes que preocuparte; te daré mi carretilla.


–Realmente eres muy generoso –dijo el pequeño Hans; y su rostro alegre y redondo se puso reluciente de placer–. Puedo repararla fácilmente, porque tengo en casa una tabla.


–¡Una tabla! –dijo el molinero–. Eso es justamente lo que yo quiero para el techo de mi granero. Hay un agujero muy grande y el grano se mojará si no lo tapo. ¡Qué suerte que la mencionaras! Desde luego una buena acción siempre hace nacer otra. Yo te he dado mi carretilla y ahora tú me darás tu tabla. Naturalmente, la carretilla vale más que la tabla, pero la verdadera amistad nunca tiene en cuenta estas cosas. Te ruego que me la des ahora, pues me pondré a trabajar en mi granero hoy mismo.


–Desde luego –exclamó el pequeño Hans; y se metió corriendo en su casa, sacando al momento la tabla.


–No es muy grande –dijo el molinero mirándola–, y me temo que después que yo haya arreglado el techo de mi granero tú no tendrás con qué arreglar la carretilla; pero, desde luego, eso no es culpa mía. Y ahora, como te he dado mi carretilla, estoy seguro que querrás darme a cambio algunas flores. Aquí está la cesta; espero que la llenes del todo.


–¿Llenarla del todo? –dijo el pequeño Hans tristemente, porque era en verdad una cesta muy grande y él sabía que si la llenaba se quedaría sin flores para llevar al mercado, y estaba ansioso por recuperar sus botones de plata.


–Bueno, realmente –contestó el molinero–, como te he dado mi carretilla no creo que sea mucho pedir unas pocas flores. Puede ser que me equivoque, pero creo que la amistad, la verdadera amistad, está libre de todo egoísmo.


–Mi querido amigo, mi mejor amigo –exclamó el pequeño Hans–, todas las flores de mi jardín son tuyas. Me importa mucho más que tengas una buena opinión de mí que volver a tener mis botones de plata.
"Y corrió a coger todas sus velloritas y llenó la cesta del molinero."

–Adiós, pequeño Hans –dijo el molinero, y se marchó colina arriba con la tabla al hombro y la gran cesta al brazo.


–Adiós –dijo el pequeño Hans; y empezó a cavar alegremente, pues estaba muy contento de volver a tener carretilla.


Al día siguiente estaba sujetando unas enredaderas sobre el porche cuando oyó la voz del molinero que le llamaba desde la carretera. Saltó de la escalera, atravesó el jardín y miró por encima del muro. Allí estaba el molinero con un gran saco de harina a la espalda.


–Querido Hans –dijo el molinero–, ¿te importaría llevarme este saco de harina al mercado?

–¡Oh! Lo siento –dijo Hans–, pero estoy muy ocupado hoy. Tengo que sujetar las enredaderas, regar todas mis flores y segar el césped.


–Bueno –dijo el molinero–, creo que considerando que voy a darte mi carretilla no es de buen amigo el negarte.


–¡Oh! Yo no he dicho eso –exclamó el pequeño Hans–. No me negaría por nada del mundo.
"Y corrió a coger su gorro y salió con el saco al hombro". Era un día caluroso y la carretera estaba llena de polvo, y antes que Hans hubiera recorrido seis millas estaba tan fatigado que se sentó a descansar. Sin embargo, continuó su camino con muchas energías, hasta que por fin llegó al mercado. Después de estar allí algún tiempo, vendió el saco de harina por un buen precio y volvió a casa inmediatamente, porque temía que si se entretenía demasiado podría encontrarse con ladrones en el camino.


–Ciertamente ha sido un día duro –se dijo el pequeño Hans cuando se metía en la cama–, pero estoy contento de no haberme negado a hacer el encargo del molinero, porque es mi mejor amigo y, además, va a darme su carretilla. Por la mañana temprano el molinero volvió por el dinero del saco de harina, pero el pequeño Hans estaba tan cansado que aún se encontraba en la cama.

–¡Qué perezoso eres! –dijo el molinero–. Realmente, considerando que voy a darte mi carretilla, creo que deberías trabajar más. La pereza es un gran pecado, y no me gusta que ninguno de mis amigos sea vago o perezoso. Te hablo sin ningún rodeo. Desde luego, ni soñaría en hacerlo si no fuera tu amigo. Pero, ¿qué tendría de bueno la amistad si uno no pudiera decir lo que piensa? Cualquiera puede decir cosas encantadoras e intentar hacerse agradable y hacer halagos, pero un verdadero amigo siempre dice cosas desagradables y no le preocupa causar dolor. En verdad, si es realmente un verdadero amigo, lo prefiere, porque sabe que está obrando bien.


–Lo siento mucho –dijo el pequeño Hans frotándose los ojos y quitándose el gorro de dormir–, pero estaba tan cansado que pensé quedarme en la cama un poco más y escuchar el canto de los pájaros. ¿Sabes que siempre trabajo mejor después de oír cantar a los pájaros?


–Bueno, me alegro de eso –dijo el molinero golpeándole la espalda amistosamente–, porque quiero que vayas al molino, tan pronto como te hayas vestido, para arreglar el techo de mi granero.
El pobre Hans estaba deseando trabajar en su jardín, porque no había regado sus flores desde hacía dos días, pero no quería negarse a la petición del molinero, pues éste era un formidable amigo para él.


–¿Crees que no sería amistoso por mi parte el decirte que estoy ocupado? –inquirió dando un suspiro y con voz tímida.

–Realmente –contestó el molinero–, no creo que sea mucho pedirte considerando que voy a darte mi carretilla; pero, desde luego, si te negaras iré a hacerlo yo mismo.


–¡Oh! ¡De ningún modo! –exclamó el pequeño Hans, y saltó de la cama, se vistió y se fue al granero.
”Trabajó todo el día, hasta el atardecer, y entonces vino el molinero a ver qué tal iba la tarea.


–¿Has tapado ya el agujero, pequeño Hans? –exclamó el molinero con voz alegre.


–Está completamente tapado –contestó el pequeño Hans, bajando la escalera.


–¡Ah! –dijo el molinero–. No hay trabajo tan agradable como el que se hace para el prójimo.


–Ciertamente es un gran privilegio oírte hablar –respondió el pequeño Hans sentándose y secando el sudor de su frente–. Un gran privilegio. Pero temo que nunca tendré ideas tan bellas como las tuyas.


–¡Oh! Las tendrás –dijo el molinero–, pero debes tomarte más interés. En el presente sólo tienes la práctica de la amistad; algún día tendrás también la teoría.


–¿Crees eso realmente? –preguntó el pequeño Hans.


–No me cabe duda –contestó el molinero­–; pero ahora que has arreglado el tejado, lo mejor es que te vayas a casa a descansar, porque mañana deseo que lleves mi rebaño a la montaña.


El pobre Hans no osó poner ninguna objeción a esto, y por la mañana temprano el molinero trajo su rebaño hasta su casa y Hans se marchó con las ovejas a la montaña. Entre ir y volver se le fue todo el día, y cuando regresó estaba tan cansado que se durmió en su silla y no se despertó hasta bien avanzada la mañana.


–¡Qué delicioso tiempo tendré en mi jardín! –dijo; y salió a trabajar al momento.
Pero nunca pudo volver a cuidar sus flores, porque su amigo el molinero venía siempre para enviarle a un largo recado o para llevarle a él a trabajar al molino. El pequeño Hans a veces estaba muy preocupado, pues temía que sus flores pensaran que las había olvidado, pero se consolaba diciéndose que el molinero era su mejor amigo.


–Además –solía decir–, va a darme su carretilla, y ese es un acto de pura generosidad.
”Y el pequeño Hans trabajó para el molinero, y éste le dijo toda clase de cosas bellas acerca de la amistad, las cuales Hans anotó en un cuaderno y leyó por las noches, porque era muy buen discípulo. Ahora bien: una noche que Hans estaba sentado junto al fuego oyó que llamaban muy fuerte en su puerta. Era una noche de perros y el viento soplaba alrededor de la casa tan terriblemente que al principio creyó que el ruido era de la tormenta. Pero se oyó un segundo golpe y después un tercero más fuerte que los otros.
–Será algún pobre viajero –dijo el pequeño Hans para sí; y corrió hacia la puerta.
Allí estaba el molinero con una linterna en una mano y un gran bastón en la otra.


–Querido Hans –exclamó el molinero–, tengo un gran problema. Mi hijito se ha caído de una escalera y se ha herido. Voy a buscar al doctor. Pero vive tan lejos y hace tan mala noche, que se me ha ocurrido que sería mucho mejor que fueses tú en mi lugar. Ya sabes que voy a darte mi carretilla y es justo que tú me des algo a cambio.


–Ciertamente –exclamó el pequeño Hans–. Me gusta poder ayudarte y saldré inmediatamente. Pero debes dejarme tu linterna, pues la noche es tan oscura que tengo miedo de caer en un precipicio.


–Lo siento mucho –contestó el molinero–, pero es mi linterna nueva y sería para mí una gran pérdida si le ocurriera algo.


–Bueno, no importa; iré sin ella –exclamó el pequeño Hans.
Tomó su abrigo de pieles, su gorra escarlata, se envolvió el cuello con una bufanda y salió.
¡Qué tormenta tan horrorosa había! La noche era tan negra que el pequeño Hans casi no podía ver y el viento era tan fuerte que casi no podía andar. Sin embargo, era muy animoso, y después de andar tres horas llegó a casa del doctor y llamó a la puerta.


–¿Quién es? –exclamó el doctor, asomando la cabeza por la ventana del dormitorio.


–El pequeño Hans, doctor.

–¿Qué quieres, pequeño Hans?


–El hijo del molinero se ha caído de una escalera y se ha herido, y el molinero quiere que vaya usted inmediatamente.

–¡Muy bien! –dijo el doctor.
Tomó sus grandes botas y su linterna, bajó las escaleras, montó en su caballo y galopó en dirección a la casa del molinero, con el pequeño Hans caminando tras él trabajosamente.
Pero la tormenta iba creciendo cada vez más y la lluvia caía a torrentes, y el pequeño Hans no podía ver por dónde iba ni podía seguir al caballo. Por fin se perdió y anduvo por el pantano, que era un lugar muy peligroso, pues estaba lleno de profundos agujeros, y el pobre Hans cayó en uno de ellos. Su cuerpo lo encontraron al día siguiente unos pastores flotando en un gran charco de agua y lo llevaron a su casa.
Todos fueron al funeral del pequeño Hans, pues era muy popular, y el molinero presidió el duelo.


–Como yo era su mejor amigo –dijo el molinero–, es lógico que ocupe este puesto.
Y caminó a la cabeza de la procesión con una gran capa negra, limpiándose los ojos de cuando en cuando con un gran pañuelo.
"El pequeño Hans ha sido ciertamente una gran pérdida para todos" –dijo el herrero cuando terminó el funeral.
Y todos se sentaron confortablemente en la fonda a beber vino aromático y a comer pasteles dulces.


–Una gran pérdida para mí –contestó el molinero–, porque iba a darle mi carretilla, y ahora realmente no sé qué hacer con ella. Está en tan mal estado que no podría conseguir nada si la vendiera. Ya no volveré a dar nada. En verdad, uno sufre por ser generoso.

¿Y bien? –dijo la rata de agua después de una larga pausa.


–Ése es el final –dijo el jilguero.


–Pero, ¿qué fue del molinero? –preguntó la rata de agua.


–¡Oh! Realmente no lo sé –replicó el jilguero–. Y tampoco me preocupa.


–Es evidente que no tienes un carácter simpático –dijo la rata de agua.


–Temo que no hayas comprendido la moraleja de la historia –dijo el jilguero.


–¿La qué? –exclamó la rata de agua.


–La moraleja.


–¿Quieres decir que la historia tiene una moraleja?


–Ciertamente –dijo el jilguero.


–Eso debías habérmelo dicho antes de empezar –dijo la rata de agua en tono de enfado–. Si lo hubieras hecho no te habría escuchado. Te hubiera dicho: “¡Psche!”, como el crítico. Sin embargo, puedo decírtelo ahora. Y exclamó “¡Psche!” con toda la potencia de su voz; y haciendo un movimiento con el rabo se metió en su agujero.


–¿Qué te parece la rata de agua? –preguntó la pata, que se acercó unos minutos después–. Tiene buenas virtudes; pero por mi parte, tengo sentimientos de madre y no puedo ver a un soltero empedernido sin que mis ojos se llenen de lágrimas.


–Temo haberle molestado –contestó el jilguero–. El hecho es que le conté una historia con moraleja.


–¡Ah! Eso siempre es muy peligroso –dijo la pata.


Y yo estoy de acuerdo con ella.

Pintura de Diego Ribera llamada "El vendedor de Alcatraces"

miércoles, 1 de diciembre de 2010

EL POTRO SALVAJE


De Horacio Quiroga.

Era un caballo, un joven potro de corazón ardiente, que llegó del desierto a la ciudad a vivir del espectáculo de su velocidad.

Ver correr a aquel animal era, en efecto, un espectáculo considerable. Corría con la crin al viento y el viento en sus dilatadas narices. Corría, se estiraba; se estiraba más aún, y el redoble de sus cascos en la tierra no se podía medir. Corría sin reglas ni medida, en cualquier dirección del desierto y a cualquier hora del día. No existían pistas para la libertad de su carrera, ni normas para el despliegue de su energía. Poseía extraordinaria velocidad y un ardiente deseo de correr. De modo que se daba todo entero en sus disparadas salvajes y ésta era la fuerza de aquel caballo.


A ejemplo de los animales muy veloces, el joven potro tenía muy pocas aptitudes para el arrastre. Tiraba mal, sin coraje, ni bríos, ni gusto. Y como en el desierto apenas alcanzaba el pasto para sustentar a los caballos de pesado tiro, el veloz animal se dirigió a la ciudad para vivir de sus carreras.

En un principio entregó gratis el espectáculo de su gran velocidad, pues nadie hubiera pagado una brizna de paja por verlo -ignorantes todos del corredor que había en él-. En bellas tardes, cuando las gentes poblaban los campos inmediatos a la ciudad -y sobre todo los domingos-, el joven potro trotaba a la vista de todos, arrancaba de golpe, deteníase, trotaba de nuevo humeando el viento para lanzarse al fin a toda velocidad, tendido en una carrera loca que parecía imposible superar y que superaba a cada instante, pues aquel joven potro, como hemos dicho, ponía en sus narices, en sus cascos y en su carrera todo su ardiente corazón.


Las gentes quedaron atónitas ante aquel espectáculo que se apartaba de todo lo que acostumbraban ver, y se retiraron sin apreciar la belleza de aquella carrera.

-No importa -se dijo el potro alegremente-. Iré a ver un empresario de espectáculos, y ganaré, entretanto lo suficiente para vivir.

De qué había vivido hasta entonces en la ciudad apenas él podía decirlo. De su propia hambre seguramente y de algún desperdicio desechado en el portón de los corralones. Fue, pues, a ver a un organizador de fiestas.

-Yo puedo correr ante el público -dijo el caballo-, si me pagan por ello. No sé qué puedo ganar; pero mi modo de correr ha gustado a algunos hombres.

-Sin duda, sin duda... -le respondieron-. Siempre hay algún interesado en estas cosas... No es cuestión, sin embargo, de que se haga ilusiones. .. Podríamos ofrecerle, con un poco de sacrificio de nuestra parte...

El potro bajó los ojos hacia la mano del hombre, y vio lo que le ofrecían: era un montón de paja, un poco de pasto ardido y seco.

-No podemos más... Y así mismo...

El joven animal consideró el puñado de pasto con que se pagaban sus extraordinarias dotes de velocidad, y recordó las muecas de los hombres ante la libertad de su carrera, que cortaba en zig-zag las pistas trilladas.

-No importa -se dijo alegremente-. Algún día se divertirán. Con este pasto ardido podré, entretanto, sostenerme. Y aceptó contento, porque lo que él quería era correr.

Corrió, pues, ese domingo y los siguientes, por igual puñado de pasto cada vez, y cada vez dándose con toda el alma en su carrera. Ni un solo momento pensó en reservarse, engañar, seguir las rectas decorativas por halago de los espectadores, que no comprendían su libertad. Comenzaba al trote, como siempre, con las narices de fuego y la cola en arco; hacía resonar la tierra en sus arranques, para lanzarse por fin a escape a campo traviesa, en un verdadero torbellino de ansia, polvo y tronar de cascos. Y por premio, su puñado de pasto seco, que comía contento y descansado después del baño.

A veces, sin embargo, mientras trituraba con su joven dentadura los duros tallos, pensaba en las repletas bolsas de avena que veía en las vidrieras, en la gula de maíz y alfalfa olorosa que desbordaba de los pesebres.

-No importa -se decía alegremente-. Puedo darme por contento con este rico pasto-.Y continuaba corriendo con el vientre ceñido de hambre, como había corrido siempre.


Poco a poco, sin embargo, los paseantes de los domingos se acostumbraron a su libertad de carrera, y comenzaron a decirse unos a otros que aquel espectáculo de velocidad salvaje, sin reglas ni cercas, causaba una bella impresión.

-No corre por las sendas como es costumbre -decían-, pero es muy veloz. Tal vez tiene ese arranque porque se siente más libre fuera de las pistas trilladas. Y se emplea a fondo.

En efecto, el joven potro, de apetito nunca saciado y que obtenía apenas de qué vivir con su ardiente velocidad, se empleaba a fondo por un puñado de pasto, como si esa carrera fuera la que iba a consagrarlo definitivamente. Y tras el baño, comía contento su ración -la ración basta y mínima del más oscuro de los más anónimos caballos-.

-No importa -se decía alegremente-. Ya llegará el día en que se diviertan.

El tiempo pasaba, entre tanto. Las voces cambiadas entre los espectadores cundieron por la ciudad, traspasaron sus puertas, y llegó por fin un día en que la admiración de los hombres se asentó confiada y ciega en aquel caballo de carrera. Los organizadores de espectáculos llegaron en tropel a contratarlo, y el potro, ya de edad madura, que había corrido toda su vida por un puñado de pasto, vio tendérsele, en disputa, apretadísimos fardos de alfalfa, macizas bolsas de avena y maíz -todo en cantidad incalculable- por el solo espectáculo de su carrera.

Entonces el caballo tuvo por primera vez un pensamiento de amargura, al pensar en lo feliz que hubiera sido en su juventud si le hubieran ofrecido la milésima parte de lo que ahora le introducían gloriosamente en el gaznate.

-En aquel tiempo -se dijo melancólicamente-, un sólo puñado de alfalfa como estímulo, cuando mi corazón saltaba de deseos de correr, hubiera hecho de mí el más feliz de los seres. Ahora estoy cansado.

En efecto, estaba cansado. Su velocidad era, sin duda la misma de siempre y el mismo espectáculo de su salvaje libertad. Pero no poseía ya el ansia de correr de otros tiempos. Aquel vibrante deseo de tenderse a fondo, que antes ci joven potro entregaba alegre por un montón de paja, precisaba ahora toneladas de exquisito forraje para despertar. El triunfante caballo pensaba largamente las ofertas, calculaba, especulaba finamente en sus descansos. Y cuando los organizadores se entregaban por último a sus exigencias, recién entonces sentía deseos de correr. Corría entonces como él sólo era capaz de hacerlo; y regresaba a deleitarse ante la magnificencia del forraje ganado.

Cada vez, sin embargo, el caballo era más difícil de satisfacer, aunque los organizadores hicieran verdaderos sacrificios para excitar, adular, comprar aquel deseo de correr que moría bajo la presión del éxito. Y el potro comenzó entonces a temer por su prodigiosa velocidad, si la entregaba toda en cada carrera. Corrió, entonces, por primera vez en su vida, reservándose, aprovechándose cautamente del viento y las largas sendas regulares. Nadie lo notó -o por ello fue acaso más aclamado que nunca- pues se creía ciegamente en su salvaje libertad para correr. Libertad... No, ya no la tenía. La había perdido desde el primer instante en que reservó sus fuerzas para no flaquear en la carrera siguiente. No corrió más a campo traviesa, ni contra el viento. Corrió sobre sus propios rastros más fáciles, sobre aquellos zigzags que más ovaciones habían arrancado. Y en el miedo, siempre creciente, de agotarse, llegó un momento en que el caballo de carrera aprendió a correr con estilo, engañando, escarceando cubierto de espuma por las sendas más trilladas. Y un clamor de gloria lo divinizó.

Pero dos hombres que contemplaban aquel lamentable espectáculo, cambiaron algunas tristes palabras.

-Yo lo he visto correr en su juventud -dijo el primero-, y si uno pudiera llorar por un animal, lo haría en recuerdo de lo que hizo este mismo caballo cuando no tenía qué comer.

-No es extraño que lo haya hecho antes -dijo el segundo-. Juventud y Hambre son el más preciado don que puede conceder la vida a un fuerte corazón.

Joven potro: tiéndete a fondo en tu carrera, aunque apenas se te dé para comer. Pues si llegas sin valor a la gloria y adquieres estilo para trocarlo fraudulentamente por pingüe forraje, te salvará el haberte dado un día todo entero por un puñado de pasto.

Publicado en "El desierto", Buenos Aires, 1996.

El dibujo es un boceto de Pablo Picasso para la obra Guernica llamado "Cabeza de caballo" .

jueves, 18 de noviembre de 2010

CONSEJOS DE UNA ORUGA

Capítulo 5 del libro "Alicia en el País de las Maravillas"

de Lewis Carroll

La Oruga y Alicia se estuvieron mirando un rato en silencio: por fin la Oruga se sacó la pipa de la boca, y se dirigió a la niña en voz lánguida y adormilada.

-¿Quién eres tú? -dijo la Oruga.

No era una forma demasiado alentadora de empezar una conversación. Alicia contestó un poco intimidada:

-Apenas sé, señora, lo que soy en este momento... Sí sé quién era al levantarme esta mañana, pero creo que he cambiado varias veces desde entonces.

-¿Qué quieres decir con eso? -preguntó la Oruga con severidad-. ¡A ver si te aclaras contigo misma!

-Temo que no puedo aclarar nada conmigo misma, señora -dijo Alicia-, porque yo no soy yo misma, ya lo ve.

-No veo nada -protestó la Oruga.

-Temo que no podré explicarlo con más claridad -insistió Alicia con voz amable-, porque para empezar ni siquiera lo entiendo yo misma, y eso de cambiar tantas veces de estatura en un solo día resulta bastante desconcertante.

-No resulta nada -replicó la Oruga.

-Bueno, quizás usted no haya sentido hasta ahora nada parecido -dijo Alicia-, pero cuando se convierta en crisálida, cosa que ocurrirá cualquier día, y después en mariposa, me parece que todo le parecerá un poco raro, ¿no cree?

-Ni pizca -declaró la Oruga.

-Bueno, quizá los sentimientos de usted sean distintos a los míos, porque le aseguro que a mi me parecería muy raro.

-¡A ti! -dijo la Oruga con desprecio-. ¿Quién eres tú?

Con lo cual volvían al principio de la conversación. Alicia empezaba a sentirse molesta con la Oruga, por esas observaciones tan secas y cortantes, de modo que se puso tiesa como un rábano y le dijo con severidad:

-Me parece que es usted la que debería decirme primero quién es.

-¿Por qué? -inquirió la Oruga.

Era otra pregunta difícil, y como a Alicia no se le ocurrió ninguna respuesta convincente y como la Oruga parecía seguir en un estado de ánimo de lo más antipático, la niña dio media vuelta para marcharse.

-¡Ven aquí! -la llamó la Oruga a sus espaldas-. ¡Tengo algo importante que decirte!

Estas palabras sonaban prometedoras, y Alicia dio otra media vuelta y volvió atrás.

-¡Vigila este mal genio! -sentenció la Oruga.

-¿Es eso todo? -preguntó Alicia, tragándose la rabia lo mejor que pudo.

-No -dijo la Oruga.

Alicia decidió que sería mejor esperar, ya que no tenía otra cosa que hacer, y ver si la Oruga decía por fin algo que mereciera la pena. Durante unos minutos la Oruga siguió fumando sin decir palabra, pero después abrió los brazos, volvió a sacarse la pipa de la boca y dijo:

-Así que tú crees haber cambiado, ¿no?

-Mucho me temo que si, señora. No me acuerdo de cosas que antes sabía muy bien, y no pasan diez minutos sin que cambie de tamaño.

-¿No te acuerdas ¿de qué cosas?

-Bueno, intenté recitar los versos de "Ved cómo la industriosa abeja... pero todo me salió distinto, completamente distinto y seguí hablando de cocodrilos".

-Pues bien, haremos una cosa.

-¿Que?

-Recítame eso de "Ha envejecido, Padre Guillermo..." -Ordenó la Oruga.

Alicia cruzó los brazos y empezó a recitar el poema:

"Ha envejecido, Padre Guillermo," dijo el chico,

"Y su pelo está lleno de canas;

Sin embargo siempre hace el pino-

¿Con sus años aún tiene las ganas?


"Cuando joven," dijo Padre Guillermo a su hijo,

"No quería dañarme el coco;

Pero ya no me da ningún miedo,

Que de mis sesos me queda muy poco."

"Ha envejecido," dijo el muchacho,

"Como ya se ha dicho;

Sin embargo entró capotando-

¿Como aún puede andar como un bicho?

"Cuando joven," dijo el sabio, meneando su pelo blanco,

"Me mantenía el cuerpo muy ágil

Con ayuda medicinal y, si puedo ser franco,

Debes probarlo para no acabar débil."


"Ha envejecido," dijo el chico, "y tiene los dientes inútiles

para más que agua y vino;

Pero zampó el ganso hasta los huesos frágiles-

A ver, señor, ¿que es el tino?"

Cuando joven," dijo su padre, "me empeñé en ser abogado,

Y discutía la ley con mi esposa;

Y por eso, toda mi vida me ha durado

Una mandíbula muy fuerte y musculosa."

"Ha envejecido y sería muy raro," dijo el chico,

"Si aún tuviera la vista perfecta;

¿Pues cómo hizo bailar en su pico

Esta anguila de forma tan recta?"

"Tres preguntas ya has posado,

Y a ninguna más contestaré.

Si no te vas ahora mismo,

¡Vaya golpe que te pegaré!

-Eso no está bien -dijo la Oruga.

-No, me temo que no está del todo bien -reconoció Alicia con timidez-.

Algunas palabras tal vez me han salido revueltas.

-Está mal de cabo a rabo- sentenció la Oruga en tono implacable, y siguió un silencio de varios minutos.

La Oruga fue la primera en hablar.

¿Qué tamaño te gustaría tener? -le preguntó.

-No soy difícil en asunto de tamaños -se apresuró a contestar Alicia-. Sólo que no es agradable estar cambiando tan a menudo, sabe.

-No sé nada -dijo la Oruga. Alicia no contestó. Nunca en toda su vida le habían llevado tanto la contraria, y sintió que se le estaba acabando la paciencia.

-¿Estás contenta con tu tamaño actual? -preguntó la Oruga.

-Bueno, me gustaría ser un poco más alta, si a usted no le importa. ¡Siete centímetros es una estatura tan insignificante!

¡Es una estatura perfecta! -dijo la Oruga muy enfadada, irguiéndose cuan larga era (medía exactamente siete centímetros).

-¡Pero yo no estoy acostumbrada a medir siete centímetros! se lamentó la pobre Alicia con voz lastimera, mientras pensaba para sus adentros: «¡Ojalá estas criaturas no se ofendieran tan fácilmente!»

-Ya te irás acostumbrando -dijo la Oruga, y volvió a meterse la pipa en la boca y empezó otra vez a fumar.

Esta vez Alicia esperó pacientemente a que se decidiera a hablar de nuevo. Al cabo de uno o dos minutos la Oruga se sacó la pipa de la boca, dio unos bostezos y se desperezó. Después bajó de la seta y empezó a deslizarse por la hierba, al tiempo que decía:

-Un lado te hará crecer, y el otro lado te hará disminuir.

-Un lado ¿de qué? El otro lado ¿de que? -se dijo Alicia para sus adentros.

-De la seta -dijo la Oruga, como si la niña se lo hubiera preguntado en voz alta.

Y al cabo de unos instantes se perdió de vista.

Alicia se quedó un rato contemplando pensativa la seta, en un intento de descubrir cuáles serían sus dos lados, y, como era perfectamente redonda, el problema no resultaba nada fácil. Así pues, extendió los brazos todo lo que pudo alrededor de la seta y arrancó con cada mano un pedacito.

-Y ahora -se dijo-, ¿cuál será cuál?

Dio un mordisquito al pedazo de la mano derecha para ver el efecto y al instante sintió un rudo golpe en la barbilla. ¡La barbilla le había chocado con los pies!

Se asustó mucho con este cambio tan repentino, pero comprendió que estaba disminuyendo rápidamente de tamaño, que no había por tanto tiempo que perder y que debía apresurarse a morder el otro pedazo. Tenía la mandíbula tan apretada contra los pies que resultaba difícil abrir la boca, pero lo consiguió al fin, y pudo tragar un trocito del pedazo de seta que tenía en la mano izquierda.

................

«¡Vaya, por fin tengo libre la cabeza!», se dijo Alicia con alivio, pero el alivio se transformó inmediatamente en alarma, al advertir que había perdido de vista sus propios hombros: todo lo que podía ver, al mirar hacia abajo, era un larguísimo pedazo de cuello, que parecía brotar como un tallo del mar de hojas verdes que se extendía muy por debajo de ella.

-¿Qué puede ser todo este verde? -dijo Alicia-. ¿Y dónde se habrán marchado mis hombros? Y, oh mis pobres manos, ¿cómo es que no puedo veros?

Mientras hablaba movía las manos, pero no pareció conseguir ningún resultado, salvo un ligero estremecimiento que agitó aquella verde hojarasca distante.

Como no había modo de que sus manos subieran hasta su cabeza, decidió bajar la cabeza hasta las manos, y descubrió con entusiasmo que su cuello se doblaba con mucha facilidad en cualquier dirección, como una serpiente. Acababa de lograr que su cabeza descendiera por el aire en un gracioso zigzag y se disponía a introducirla entre las hojas, que descubrió no eran más que las copas de los árboles bajo los que antes había estado paseando, cuando un agudo silbido la hizo retroceder a toda prisa. Una gran paloma se precipitaba contra su cabeza y la golpeaba violentamente con las alas.

-¡Serpiente! -chilló la paloma.

-¡Yo no soy una serpiente! -protestó Alicia muy indignada-. ¡Y déjame en paz!

-¡Serpiente, más que serpiente! -siguió la Paloma, aunque en un tono menos convencido, y añadió en una especie de sollozo-: ¡Lo he intentado todo, y nada ha dado resultado!

-No tengo la menor idea de lo que usted está diciendo! -dijo Alicia.

-Lo he intentado en las raíces de los árboles, y lo he intentado en las riberas, y lo he intentado en los setos -siguió la Paloma, sin escuchar lo que Alicia le decía-. ¡Pero siempre estas serpientes! ¡No hay modo de librarse de ellas!

Alicia se sentía cada vez más confusa, pero pensó que de nada serviría todo lo que ella pudiera decir ahora y que era mejor esperar a que la Paloma terminara su discurso.

-¡Como si no fuera ya bastante engorro empollar los huevos! -dijo la Paloma-. ¡Encima hay que guardarlos día y noche contra las serpientes! ¡No he podido pegar ojo durante tres semanas!

-Siento mucho que sufra usted tantas molestias -dijo Alicia, que empezaba a comprender el significado de las palabras de la Paloma. -¡Y justo cuando elijo el árbol más alto del bosque -continuó la Paloma, levantando la voz en un chillido-, y justo cuando me creía por fin libre de ellas, tienen que empezar a bajar culebreando desde el cielo! ¡Qué asco de serpientes!

-Pero le digo que yo no soy una serpiente. Yo soy una... Yo soy una...

-Bueno, qué eres, pues? -dijo la Paloma-. ¡Veamos qué demonios inventas ahora!

-Soy... soy una niñita -dijo Alicia, llena de dudas, pues tenía muy presentes todos los cambios que había sufrido a lo largo del día.

-¡A otro con este cuento! -respondió la Paloma, en tono del más profundo desprecio-. He visto montones de niñitas a lo largo de mi vida, ¡pero ninguna que tuviera un cuello como el tuyo! ¡No, no! Eres una serpiente, y de nada sirve negarlo. ¡Supongo que ahora me dirás que en tu vida te has zampado un huevo!

-Bueno, huevos si he comido -reconoció Alicia, que siempre decía la verdad-. Pero es que las niñas también comen huevos, igual que las serpientes, sabe.

-No lo creo -dijo la Paloma-, pero, si es verdad que comen huevos, entonces no son más que una variedad de serpientes, y eso es todo.

Era una idea tan nueva para Alicia, que quedó muda durante uno o dos minutos, lo que dio oportunidad a la Paloma de añadir:

-¡Estás buscando huevos! ¡Si lo sabré yo! ¡Y qué más me da a mí que seas una niña o una serpiente?

-¡Pues a mí sí me da! -se apresuró a declarar Alicia-. Y además da la casualidad de que no estoy buscando huevos. Y aunque estuviera buscando huevos, no querría los tuyos: no me gustan crudos.

-Bueno, pues entonces, lárgate -gruño la Paloma, mientras se volvía a colocar en el nido.

Alicia se sumergió trabajosamente entre los árboles. El cuello se le enredaba entre las ramas y tenía que pararse a cada momento para liberarlo. Al cabo de un rato, recordó que todavía tenía los pedazos de seta, y puso cuidadosamente manos a la obra, mordisqueando primero uno y luego el otro, y creciendo unas veces y decreciendo otras, hasta que consiguió recuperar su estatura normal.

Hacía tanto tiempo que no había tenido un tamaño ni siquiera aproximado al suyo, que al principio se le hizo un poco extraño. Pero no le costó mucho acostumbrarse y empezó a hablar consigo misma como solía.

-¡Vaya, he realizado la mitad de mi plan! ¡Qué desconcertantes son estos cambios! ¡No puede estar una segura de lo que va a ser al minuto siguiente! Lo cierto es que he recobrado mi estatura normal. El próximo objetivo es entrar en aquel precioso jardín... Me pregunto cómo me las arreglaré para lograrlo.

Mientras decía estas palabras, llegó a un claro del bosque, donde se alzaba una casita de poco más de un metro de altura.

-Sea quien sea el que viva allí -pensó Alicia-, no puedo presentarme con este tamaño. ¡Se morirían del susto!

Así pues, empezó a mordisquear una vez más el pedacito de la mano derecha, Y no se atrevió a acercarse a la casita hasta haber reducido su propio tamaño a unos veinte centímetros.

Ilustraciones de John Tenniel.